Italia en auto

No hay nada más apasionante que recorrer otro país en auto y ni que hablar si se trata de otro continente, pero si a eso le sumamos que en ese otro país hablan otro idioma que apenas entendemos y casi nada hablamos, entonces estamos viviendo una historia inolvidable. Así fue recorrer Italia en auto en Junio de 2010

Firenze; primer paso.

En junio de 2010, junto a un amigo nos subimos a un Airbus de Aerolíneas Argentinas (por cierto el servicio fue bastante bueno y el más económico que conseguimos) y nos fuimos para Italia. Llegamos a Fiumicino y retiramos un auto que habíamos alquilado en Avis; allí nos atendieron bastante rápido y en menos de media hora ya estábamos en nuestro Fordcito Fiesta saliendo para nuestra primera parada: Florencia.
Como era de noche, primero fuimos a cenar, previo paso por la Plaza del Vaticano. En la zona de Termini nos comimos unas verduras asadas con mucho aceite de oliva y pan, con una copita de vino rosso y para finalizar un auténtico tiramisú (de mascarpone). Algo que me impactó fue el altar de la Patria durante la noche; esa construcción (que después me contaron que a los romanos no les gusta mucho) iluminada y con unos pájaros enormes sobrevolandola era una postal viva impactante.
Debíamos tomar la autopista y consultamos a un taxista, que ademàs de indicarnos el camino nos explicó que debìamos introducir nuestra pregunta con un: “Una piccola domanda” que significa una pequeña pregunta y que con esa introducción nos presentamos como turistas que necesitan que los ayuden con algo.
Cansados nos dispusimos a tomar la A1 bien entrada la noche. Paramos en un Autogrill, hicimos las llamadas telefónicas a nuestras familiares en Argentina y seguimos viaje. El viaje dura aproximadamente 3 horas y como estábamos muy cansados quisimos parar en algún hotel a mitad de camino, pero la verdad que en lugares como Arezo nos querían cobrar una fortuna, así que decidimos tomar un ristretto y seguir manejando.
Llegamos antes del amanecer a Florencia y paramos en el hotel Arno Bellariva (www.hotel-arno.it) que resultó económico y muy bueno, muy recomendable, incluso tiene estacionamiento propio.
Dormimos un par de horas y salimos a caminar por el centro de Florencia. La ciudad me parece la más hermosa que ví en Europa. Es ese tipo de lugares donde uno se iría a vivir si no amara tanto la tierra en la que ha nacido (y que por supuesto es bellísima).
Pasamos por la la Chiesa di Santa Croce donde están los restos Galileo Galilei, Maquiavelo, Rossini y otros. A pocos metro de allí hay una enorme feria callejera donde se venden desde carteras, hasta relojes, pasando por ropa de cuero o pequeños recuerdos. Es un lugar para regatear, sin ningún tipo de vergüenza. Este ejercicio de pelear por el precio apenas diciendo palabras como “Eh amichi, muy costoso… baja, baja. io sono un disgraziado” resulta de lo más encantador que hay y el resultado fue pagar por una mochila de cuero 15 euros en vez de los 40 que nos pidieron al principio.
Pasamos por el famosísimo Ponte Vecchio y esto me pareció más famoso que vecchio, pero bueno era necesaria la foto allí.
Teníamos muy poco tiempo, así que nos comimos una pizza margarita y volvimos a buscar el auto porque debíamos ir hasta Bolonia.
Me sorprendió la calidez de la gente, los edificios que parecían retratos de la historia y el arte en la calle, como diciendo “esto es para el regocijo del caminante”.

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Bolonia, capítulo 2

Después de esos primeros pasos en Florencia partimos hacia nuestro próximo destino.
En Bologna teníamos una reunión de trabajo en el Ervet, así que después de cumplir con nuestro compromiso, nos fuimos a buscar hotel.
Nos llevó más de una hora conseguir una habitación en un hotel medianamente económico, así que para cuando pudimos dejar las valijas en la habitación ya era el anochecer.
Habíamos acordado encontrarnos con un amigo italiano, así que como siempre en estos encuentros terminamos cenando unos tallarines con ragú (o como la llamamos en Argentina, a la bolognesa) y probamos un vino típico de la región Emilia Romagna: el lambrusco. También nos animamos a un licor de nuez, que era tremendamente fuerte.
De ahí nos fuimos a caminar por esas calles típicas de Bolonia con sus columnas y arcos, que forman decoradísimas galerías que permiten caminar un día de lluvia sin necesidad de paraguas. Me impactó la plaza Mayor con la fuente de Neptuno. Hay junto al edificio municipal una farmacia pública para aquellos que no tiene dinero para sus medicamentos.
Paolo Rossi, nuestro amigo, no llevó a conocer sus típicos cafés sobre pequeñas callecitas y la galería con las principales marcas internacionales.
En Argentina es muy típico juntarse con amigos a tomar un café o un copa y hablar de los temas de actualidad. Somos de discutir, reflexionar, enojarnos y reirnos juntos; pues bien, aquí en Italia vi de donde heredamos esa costumbre. Se repetían en sus barcitos las mismas imágenes de los bares porteños, con la misma pasión e intensidad de las conversaciones.
Seguimos con la caminata y nos sorprendió llegar a una esquina donde se encuentran tres iglesias juntas.
Después de varias horas y ya muy tarde solo quedaba dormir, pues el próximo día era viajar a Pordenone.
A esta altura ya sabíamos pronunciar algunas palabras y eso nos alcanzaba para hacernos entender. Bueno, eso creo.

 

Pordenone, capítulo 3

Muy temprano desayunamos en el hotel de Bolonia. Es una lástima que no recuerde el nombre, porque es muy aconsejable; sus dueños son una pareja de gente mayor muy cordiales, que nos trataron con extrema calidez. Pero el viaje seguía y debíamos estar rápido en Pordenone, ya que nos esperaba una semana de mucho trabajo.
Allí paramos en un Convento muy cercano al centro de la ciudad. Nos trataron increíblemente y el lugar transpiraba una paz increíble.
EL centro de la ciudad conserva construcciones medievales y por la tarde la gente sale a caminar por allí y a tomar unos tragos en las mesitas de las calles. Hay una plaza seca importante, donde se halla un bar con mesas en las calles donde por las noches se juntan los más jóvenes a beber.
Pordenone es una vieja ciudad, muy ordenada, con mucho verde. Es reconocida como la ciudad del mosaico por la sede de la escuela de ceramistas del Friuli.
Me sorprendió el río que atraviesa la ciudad que parece leche color verdoso. En la ciudad hay un pequeño puente entre dos edificio que se lo conoce con el nombre de “Puente de los suspiros”, ya que por allí pasaban los condenados para ser encerrados en la prisión.
Una noche me invitaron unos amigos a comer a un restaurant llamado “Al gallo” (http://www.ristorantealgallo.com/ ); allí fue la vez que más comí en toda mi vida, creo que llegue a los 10 platos sin incluir el postre. Fue un hecho extraordinario de mi vida gastronómica.
Aquí pasé uno cinco días, ya que teníamos varias reuniones y visitas a algunas empresas.
Cuando llegó el fin de semana fuimos a pasar el día a Bibione, una ciudad balnearia en la costa del Mar Adriático. Es un lugar que me hizo recordar a Pinamar, en la provincia de Buenos AIres. Es un lugar con una movida muy intensa durante el día y por la noche se vuelve aún más frenético. Aquí vimos, frente al Mediterráneo, el primer partido de la selección Argentina en el Mundial 2010. Pero también aquí comprendimos el precio de no conocer el idioma, estacionamos en un lugar prohibido y nos ligamos una buena multa.
Por lo que pudimos apreciar ese día, Bibione no es el típico lugar turístico internacional, así que estuvimos rodeados de la habitual jornada de vacaciones de los italianos.
También estuvimos una tarde en Azzano Decimo, un pueblito cercano muy chiquito.
Para cuando se terminaba nuestra etapa en Pordenone, unos amigos nos invitaron a pasar el día en un complejo de cabañas en una zona de delta. No recuerdo su nombre, pero les dejo unas fotos para que vean lo hermoso que era el lugar.
Le dijimos chau a Pordenone y nos dirigimos a Venezia.
Si bien la multa que nos ligamos nos demostró que no sabíamos leer el idioma, les puedo asegurar que en una semana ya podíamos hacernos entender y gracias a un amichi aprendimos a decir “parla piano que io entiendo”. Obvio que no se dice ni se escribe así, pero queríamos decir con esto “habla despacio que yo entiendo”, que es una clase de contraseña para que los tanos comprendan que si nos hablan despacio, podemos entender lo que nos dicen. Maravilloso

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Venecia: lo Bello

Venecia fue un lugar que visitamos dos veces en la misma oportunidad, la primera, una escapada con amigos durante una tarde; la segunda, un jornada de trabajo y un paseo en vaporetto.
Venezia es un lugar al que uno llega preparado para ver algo maravilloso, tiene una carga emotiva especial para aquel que está a punto de llegar. Sabemos que vamos a ver algo increíble. Esperamos descubrir algo fabuloso.
Pero lo cierto es que cuando llegamos, en mi caso en particular, quedé rendido ante tanta belleza; fue terriblemente superior a mis expectativas. Así fue el primer suspiro al llegar.
La primera vez fue una escapada de un par de hora, estacionamos el auto en un parking y nos tomamos una lanchita colectivo. Llegamos a la Plaza San Marco, lugar que Napoleón Bonaparte llamó: el salón más bello del mundo. Se impone la Basílica de San Marco y junto a ella se levanta el campanario.
Comenzamos a caminar entre las callecitas “veramente” bellísimas. Los pequeños canales entre las casas, los innumerables puentecitos. Comenzaba a oscurecer y el lugar se llenaba de un aire de nostalgia, de recuerdos que no nos pertenecen, pero de los que nos apropiamos. Son esos lugares llenos de historia y uno, a medida que camina por ahí, va inventando relatos que nos hubiera gustado vivir cientos de años antes, allí.
Es una ciudad que tiene espíritu y que como visitante lo queres descubrir.
Comimos una pizza en un angosta calle llena de bares y después nos tomamos un café en el Café Florian, que fue inaugurado hace 300 años; Sí hace trescientos años.
Esas cuatro horas que duró la primera visita fue impactante.
Unos días después volví por trabajo, fue por la mañana, con toda la intensidad de una jornada en una gran ciudad, donde en vez de autos por las calles, hay barquitos en sus canales.
Realizamos un tour en un vaporetto y descubrimos una arquitectura única. Venezia es una ciudad que puede ser considerada en sí misma una obra maestra de la humanidad. Pensa en el esfuerzo de cientos de generaciones para convertir a este lugar en un paraíso humano. Y digo esto porque no aquí podemos ver el trabajo de millones de personas que pasaron por allí durante siglos y siglos.
Luego del mediodía fuimos a comer con un gran amigo italiano, Don Bruno Moretto, que nos llevó a un restaurante alejado de lugar turístico; Ristorante Da Mimmo, en 30020 Stretti di Eraclea (tel 0421.62219). Fuimos atendidos por sus dueños y comimos sin parar durante más de una hora. Me sentía en esas comilonas famosas de los romanos de la época de los Césares.
Les digo una cosa, no se pierdan conocer este lugar, es una experiencia casi religiosa.
Después de dejar exhausta mi alma, me fui para Roma.

 

Roma, sin palabras

Llegamos a Roma bien de noche. Parabamos en un hotel en una zona no muy linda. El hotel era un piso de edificio viejo. Más que un hotel, era una habitación, donde compartías el baño y la cocina. El dueño nos esperó hasta última hora y cuando llegamos estaba de muy mal humor; gracias a Dios no entendiamos muy bien el idioma y nunca supimos que nos quiso decir mientras refunfuñaba. Sólo paramos allí una noche porque no nos gustó el trato. Estábamos cansados de manejar, así que pronto nos fuimos a dormir sin comer.
Por la mañana bien temprano, juntamos las cosas y encaramos la búsqueda de otro hotel. Paramos en uno junto a la terminal de trenes. No recuerdo tampoco el nombre, así que les pido mil disculpas por los faltantes de determinados datos del diario; pero yo sé que me sabrán perdonar (recuerden que estábamos en Roma, cerquita del Vaticano y que es preciso perdonar, pues perdonar el divino).

Perdonado entonces, seguimos con el relato. Dejamos los bagayos en el hotel y nos fuimos a una reunión de trabajo donde se definía el objetivo de nuestro viaje. La hago corta, el resultado fue positivo así que de allí a festejarrrrrrr!!!!!!.
Después de tomar unas copitas de vino, fuimos a conocer lo increíble, nunca ví algo tan extraordinariamente bello realizado por el hombre. Llegue a ella desde una calle lateral, a medida que me acercaba aumentaba el sonido de la caída de agua, comenzó como un zumbido, se convirtió en un murmullo hasta terminar en ruido penetrante. Me asomé desde un costado y la espié. Fue tan impactante que volví la vista y le dije a mis amigos: “sin palabras, no hay nada que decir; estoy rendido ante este espectaculo”. Fui dando pasos de a uno, como saboreando con los ojos cada detalle que se iba descubriendo a mi camino. El tono verdoso del agua, el colosal Neptuno, los caballos, la serpiente, las figuras, las columnas, etc, etc, etc. Miles de detalles en cada metro cuadrado de la famosísima FOntana di Trevi.

Pararse frente a ella fue un escopetazo a los sentidos, es un gozo visual extraordinario.
A pesar de la enorme cantidad de gente, logre sacarme una foto tirando la monedita sin nadie a mi alrededor, creo que ese fue un regalito que me hizo Neptuno (y si no es así me lo voy a creer porque hace mi experiencia más mística)
Compramos unas castañas asadas y nos quedamos un buen rato embobados frente al coloso escupidor de agua.
Seguimos caminando por esas callecitas abarrotadas de pequeños negocios que venden todo tipo de recuerdos.

Llegamos a La basílica de Santa María de los Ángeles y los Mártires. Según pude averiguar el edificio fue diseñado por Miguel Angel. En el piso tiene una meridiana solar y en sus paredes varias obras de arte. Es muy hermosa por cierto.
Aquí comencé a descubrir como la paz del silencio es el camino hacia la conexión con uno mismo.
La tarde se iba convirtiendo en noche y era hora de volver al hotel. Había sido una jornada agotadora y necesitábamos descansar un poco. Volvimos en subte al hotel y nos desmayamos de cansancio.
El segundo día nos tenía reservado el Coliseo y el Vaticano. Había que recuperar fuerzas porque el escenario de la historia que nos contaron en la escuela estaba esperandonos.

 

Roma, segundo dia, ruinas de vieja violencia y atardecer en paz

El segundo día en Roma empezó con un pequeñísimo desayuno, tanto que me morí de hambre durante casi todo el día-

Apenas llegué a Italia, el primer día, y después de pasar por el Vaticano, pasé muy de noche frente al Coliseo que lucía magestuoso, con sus luces brotando de las aberturas y una melancolía de un escenario que fue un verdadero matadero humano- De aquella construcción que albergaba la matanza a estas ruinas que se convirtieron en el ícono de la actual ciudad, cientos de años han transcurrido y millones de historias se han sucedido.

Pero este segundo día en Roma me abría las puertas de este coloso de piedra y cuando apareció entre las calles parecía escuchar el bullicio de los gritos de los espectadores que rugían mientras los gladiadores se desgarraban sus carnes luchando contra las fieras traídas desde el Africa. Porque es imposible en esos momentos, cuando uno se encuentra frente a frente con estos iconos de la cultura, no imaginarse la historia que nos contaron cuando ibamos a la escuela. Lo bueno de ser viajante, no es solo tener vista para ver, sino alma para sentir en el cuerpo la energía del lugar.

Fue comico ver a los gladiadores en la puerta, disfrazados para sacarse una foto con los visitantes, era bastante bizarra la imagen: estos aguerridos luchadores de la arena, corriendo detras de los turistas rogando que se saquen una foto, me destrozó esa imaginación que me estaba transportando a las epocas de los emperadores, pero bueno, con terapia ya lo superé.

Hice la cola, saque mi entrada, pague por mi audioguia en español y entré nomás.
Wowwwwww que sobervia imagen. quizás ahora una construcción de esas es habitual, pero para la época imaginense lo que sería para un simple mortal pararse frente a ese mounstro de piedra, la sensación de pequeñez debería ser sublime.

Comencé a caminar por las gradas, que si bien estan muy deterioradas, conservan la solidez de sus inicios. en sus pasillos se pueden ver replicas de los trajes de los gladiadores  y cuando te paras frente a lo que ayer supo ser la arena, pareces revivir la pelicula gladiador y sueñas con escuchar: Maximus, Maximus.

Disculpenme, pero es imposible no transportarse en un tunel del tiempo alli.
Camine por cada rincón, hacia arriba y hacia abajo, de derecha a izquierda y todo era una fuente de estimulo para la imaginacion.

Según la audioguia, allí entraban aproximadamente 50.000 personas y despues de 500 años de vida como lugar de espectaculos, tuvo varios usos, inclusive de su estructura se sacaba la piedra para hacer otros edificios.

Después de un buen rato salí y comence a caminar hacia el Foro ROmano, el lugar donde se desarrollaba la vida publica. Quedan vestigios de edificios de la antigua roma, donde se distinguen enorme columnas que muestran la inmensidad de esta imperial ciudad. Incluso allí estan los restos de la casa de Augusto y de Livia. Hay unas enorme columnas con unas marcas en la parte superior que pertenecian al templo de Saturno, que según el relato de la audioguia, son las heridas dejadas en el marmol por unas cadenas con las cuales se quisieron voltear la construcción, pero la solidez de la estructura lo impidió.

Nada de lo que pueda relatar se compara con la sensación de estar allí, hoy son ruina, pero lucen aún magestuosas, como conservando la sobervia de su esplendor.

Esta visita requiere un par de horas y una camina extenuante, que para aquellos como yo, que tenemos algun kilito de mas, se nos pone un poquitito pesado, pero estamos en el Coliseo y el esfuerzo bien vale la pena; pero para ser realistas esta visita para mi fue como escalar el Aconcagua.

Despues de las ruinas del Imperio, era hora de pasar por el Vaticano. Hacia allí fui.
En la fila para entrar descubrí que en el mundo hay muchos idiomas, era una locura escuchar las diferentes entonaciones de voces humanas. Pero bueno, allí estabamos los representantes de las Naciones pasando nuestras mochilas por los detectores de metal y después si, recien pudimos entrar.

La primera impresión es el silencio, si bien habia mucha gente alli adentro, el silencio era tal que solo se escuchaba el eco de los pasos. Mire a mi derecha y descubrí “La Piedad”. No te puedo contar lo que es eso, como es posible que esa imagen, haya estado escondida dentro de una piedra antes que la descubra el artista? Es impresionante.

Uno comienza a caminar por sus galería y ve las estatuas de diferentes Papas talladas sobre marmol, son verdaderas obras geniales, si hasta parece que las ropas de marmol tuvieran movimiento.

Es cierto que es un lugar turístico, pero  allí encontré un profundo silencio que me hizo sentir por primera vez mas alma que cuerpo. Así fue cuando me senté en uno de sus bancos durante un buen rato. Volví en otra oportunidad, pero la primera fue verdaderamente única.

Como verán este segundo día fue INTENSO, pero recordaran que les dije que habia desayunado livianito y a estas horas de la tarde estaba muerto de hambre, asi que pare en una pizzeria y me atoré con una gran Margarita.

VOlvi al hotel a descansar, pues habia quedado en cenar con amigos.

Ese día estuve solo, y quieren que les diga una cosa, fue una gran experiencia compartir conmigo mismo este descubrimiento de ROma.
A la noche la cosa siguió, pero eso ya pertenece a otro capítulo.

 

Noche romana

Descansado de la caminata de un día agitado, me dí un rápido baño pues me esperaba la Noche Romana. Nos aguardaba el gran Alessandro, un típico romano, con cara de emperador y todo. Lo conocí en una reunión de trabajo la mañana anterior y parecía que nos frecuentamos de toda la vida. Que bueno es salir a caminar con un nativo del lugar, porque te lleva a esos lugares que no figuran en las guías de turismo, pero que están llenos de anécdotas. Me resultaba cómico escuchar a Alessandro hablar en un improvisado español, que por momentos no lo entendíamos nosotros y él se perdía en lo que quería decir.

Caminamos por la costanera del Tiber. Los enormes edificios de noche se embellecen con las luces que los engalanan. Majestuosas, sus columnas se elevan al cielo; el recorte del reflejo en sus aberturas le dan un aire de misterioso interior. Que bellas se vuelven las ciudades por la noche; la mezcla de luces y sombras acentúan la profundidad de los relieves. Cierro los ojos y vuelvo a ver como en una pantalla 3D lo vivido y me pongo a escuchar esa canción que tanto escuché en Italia, “baciami ancora” de Jovanotti; la música me ayuda a profundizar en la sensibilidad de mi recuerdo.

Comimos unas margaritas y tomamos cerveza. Hablamos de la vida, me sorprendí con la semajanza de las costubres; Alessandro parecía un argentinos, Leandro y yo unos italianos. Que bueno comer con amigos en las mesas de la vereda.

Terminamos la cena y caminamos hasta ponernos frente al puente Sant’Angelo que lleva al castillo del mismo nombre. Lo cruzamos custodiado por las esculturas que lo adornan. El Castel se levanta circular, incandescente con sus luces amarillas. Dicen que está construido sobre la tumba de un gran emperador romano (creo que era Adriano, uno de mis personajes favoritos gracias al libro “Memorias de Adriano”) y que un tunel lo conecta con el Vaticano.

Alessandro había dejado su auto estacionado por allí y como era ya tarde se despidió de nosotros en la Plaza de San Pedro. Hacia una hora se había sumado al grupo el tano DIego, del que ya les había hablado y nos dirigimos en auto hacia la plaza Navona, llena de gente. Me asombró la belleza nocturna que adquiere la fuente de los Cuatro Rios, que fue realizada en 1650 y representa a los cuatro rios más importantes. Uno de ellos es nuestro querido Río de la Plata. Me emocioné al ver algo que tenía que ver con mi país y descubrí cuan orgulloso de ser argentino me siento.

La FOntana de Trevi es única, pero esta es sorprendentemente bella, quizas por este detalle del Río de la Plata la sentí casi mía.

Existe una historia acerca de esta plaza. Allí se encuentra la iglesia Sant´Agnese in Agone, realizada por el artista Borromini, que tenía una gran rivalidad con otro artista, Bernini. Resulta ser que este último es quien realizo la fuente de los cuatro ríos e hizo la figura que representa a uno de los ríos con la mano alzada protegiendose de la Iglesia que había hecho Borromini, pues temía que se derrumbara. Bueno; asi se divertían en la antigüedad esos artistas. Que refinada ironía. Dejamos la plaza y caminamos entre las serpenteantes callecitas de la zona llenas de bares con mesitas en las veredas sintiendo toda la intensidad de la noche en esta ciudad. El bullicio es electrizante.

Para cuando nos volvíamos en auto hacia el hotel, sentencié que esa había sido ya, la mejor jornada de mi viaje; y eso que todavía faltaban un día más en ROma, un viaje accidentado a Tropea y la caótica pero bellísima Nápoles.

Roma 3, la pasión continúa

Vuelvo a despertar en Roma y si no fuese porque ya estoy extrañando todos los afectos que había dejado en Buenos Aires, pediría permanecer en esta ciudad por el tiempo infinito, quedarme aquí tan eterno como el mismo imperio romano. Respirar profundo y sentir los olores de los parques y el rumor lejano de una ciudad que a pesar de los siglos, sigue seduciendo a cuanto extranjero camina por aquí.
Es nuestro tercer día y comienzo a sentir el suave sabor de la melancolía que produce la nostalgia. Todavía quedan un día en Roma y cinco días más en Italia, pero no puedo evitarlo, estos van a ser unos días inolvidable en el camino de mi vida; se que dentro de muchos años añoraré lo vivido. Mientras escribo mi diario, son más las sensaciones las que me asaltan que los recuerdos y eso me alegra porque me vuelven más humano.
Italia sin dudas fue una experiencia muy profunda, una unión entre mi persona y cada uno de los sentimientos que surgían a cada instante. Tal vez podría decir que fue una experiencia mística.
Entonces les decía que el tercer día caminamos desde el hotel hasta el Panteón de Agripa, que hoy se llama iglesia Santa María de los Mártires. Por lo que pude averiguar después esta construcción se realizó años antes al nacimiento de Cristo. Después fue modificada por Adriano (sí, mi emperador favorito). El lugar es cilíndrico, tiene unas columnas espectaculares (son las originales, las que se pusieron en épocas anteriores al nacimiento de Cristo) y allí están los restos de varias personalidades de Italia, entre ellas Victorio Emanuelle, el padre de la Patria. Les dejo una foto, pero realmente ninguna transmite la majestuosidad del lugar. Les digo, que en Roma, cada metro cuadrado te pega un trompazo a tu cuore.
Recorrer Italia es recuperar la capacidad de asombro que teníamos cuando niños, esa vocación de descubrimiento que teníamos a los tres años, cuando nos maravillábamos hasta cuando se prendía y apagaba la Tv.
Salimos de allí, caminamos por callecitas llenas de edificios históricos, pasamos por otras ruinas y llegamos al Altar de la Patria. Una construcción impresionante, con unas enormes escaleras que parecen conducir al cielo. Parado a los pies de ella, te sientes una pequeña cosita en el mundo.
La jornada venía de caminata y seguimos; volvía a pasar por el Castel Sant´Angelo; después de verlo con la incandescencia de las luces en la noche, de día el castillo había perdido glamour, pero eso no le quita mérito.
Como podrán presuponer, volví a “Mi” fuente de los cuatro ríos, la quería observar de nuevo, necesitaba fotos con la luz del día. Seguía ahí, con sus cuatro bocas escupiendo agua sin cesar, y la piedra resistiendo todas las olas de los ríos más importantes del mundo.
Estuve allí un buen rato, mirando el reflejo del sol en la fuente. Como dice la canción: “que bellísima perdida de tiempo”.
Volví a Roma una vez más. Verdaderamente estoy enamorado de esta ciudad. La siento mi amante, aquella a quien visitas de escapada, a quien besas apasionadamente por corto instante, que te hace sentir un gigante y un niño a la vez.
Se acercaba la noche y ambos, Roma y yo, sabíamos que se acercaba la despedida. Me acosté a dormir y los recuerdos de estos últimos tres días me pasaban rozando. Me esperaba la perla hermosa de Calabria: Tropea.

 

Belleza rústica

Llegamos hasta aquí, en busca en busca de la belleza y de los orígenes. En mi caso particular, quería perderme en el sur italiano, en la Italia rústica. Sabía que aquí fue donde los griegos llegaron por primera vez a la península, seducidos por los cantos de sirenas; ese viejo relato que había escuchado hace más de treinta años en la escuela, había mantenido encendido el deseo de conocer estas tierras.

En el caso de mi amigo, el llegaba en busca de su sangre. Lugar de donde había partido su abuelo, hace muchos años, buscando un nuevo horizonte, pero dejando atrás este paraíso terrenal, donde seguramente Dios debe pasar sus vacaciones todos los años.

Llegamos a primeras horas de la mañana, después de un viaje agotador. La Autostrada estaba en reparaciones y tuvimos que desviarnos por un camino muy angosto de montaña. Zigzagueante la ruta, dejaba atrás pequeños pueblos que parecían detenidos en el tiempo. Estuvimos más de cuatro horas para volver a retomar la autopista, pero nada importaba, mirar al cielo era ser absorbido por la eternidad. Parado al filo del precipicio, uno se sentía un poco Julio César o Adriano; quizás sea cierto que los viajes se recuerdan por los sentidos y no por la memoria, pero para mí, las sensaciones de los viajes las llevo prendidas al cuerpo.

Por la mañana nos alojamos en un lindo hotel, Terrazo Sul Mare y su terraza con una vista al Mediterráneo imponente, donde todas las mañana nos clavábamos un desayuno impresionante.

Mi amigo se dedico a buscar indicios de su familia y yo a rendirme ante la belleza. Como era junio, todavía no había mucho turismo, así que por la mañana la playa era solo para mí. Playa de piedras blancas, agua azul profundo, una pared de acantilado a las espaldas y la misma belleza que tanto habia cautivado a los griegos estaba ahí, toda para mí.

Una mañana, a eso de las 10 hs, me fui a un barcito de playa, todavía no había llegado ningún cliente. Me senté en la mesa mas cercana al mar. Pedí un vino rosso y pase uno de los momentos más agradables de mi vida. Disfrutando de la inmensidad en soledad; parecía que la eternidad me pertenecía, fue un instante donde me sentí como nunca, parte del universo. Algo mío quedó allí, pero algo de Tropea hoy vive conmigo.

Tropea es un lugar tan bello como rústico y es eso lo que lo hace tan cautivante; ningún otro lugar hasta hoy me impresionó tanto, me movilizó de esta manera. Fue una experiencia mística, Seguramente voy a volver.

Discúlpenme si no pude describir mejor el lugar, pero Tropea es como el amor, algo que pasa sin que uno pueda describirlo.

Nápoles maradoneana

LLegamos a Napoles, nos recibieron balcones con la ropa tendida secándose al sol frente al gigante templo del futbol donde daba misa el D10s Maradona.

Cuando nos pudimos acomodar en un hotel, el conserje nos recomendó manejarnos en taxi por la ciudad. Seguimos su consejo y guardamos el fiestita al que le habíamos pegado una paliza bárbara durante casi veinte días. Este era nuestra última ciudad, solo quedaba volver a Roma para emprender el regreso a Buenos AIres.

Con un hambre aterrador, nos tomamos un taxi para llegar a la Terminal de trenes. Mientras esperábamos que un semáforo nos de paso, a mi amigo Leandro se le ocurre hacer el comentario acerca de una mujer que cruzaba la calle que era muy bonita y para qué; en ese mismo instante el taxista se bajó del auto furioso, nos pidió que nos bajaramos, se acordó de toda nuestra familia y nos explicó que era una falta de respeto y que teníamos que saber que las napolitanas eran de los napolitanos. Desconcertados y sorprendidos nos miramos sin entender nada, mientras no podíamos parar de reirnos elegimos una pizzería que queda en la esquina de la terminal y nos metimos para volver a elegir las famosas margaritas, con esas finas y crocantes masas, el tomate pintado y la mozzarella dorada.

Mientras comíamos empezamos a escuchar gritos en la puerta del local hasta que de pronto vimos que los mozos sacaban a los trompazos a un borrachín que intentaba ingresar al lugar. Si bien hacía pocas horas que estábamos en la ciudad, ya nos estaba gustando lo movidito que se presentaba.

Hicimos algunas compras, volvimos al hotel y dormimos hasta la noche. Eran los últimos momentos de este viaje. Habíamos recorrido muchisimos kilometros. Parecía que hacía mucho tiempo que estábamos fuera de casa y se extrañaba. La noche trajo la lluvia y el cansancio hizo que me fuese a dormir.

El día siguiente en la ciudad fue de recorrida, de compras callejeras, de un paseo lento, con la cabeza puesta en el regreso. Ordenar las valijas y volver al garage a retirar el auto. Cuando estábamos retirando la máquina, el empleado se enteró que éramos argentinos y no nos quiso cobrar la estadía, pues se arrodilló y nos dijo que era tifosi de Maradona.

Volvimos a Roma, directo al aeropuerto. Había sido una experiencia maravillosa.

Viajar es tan intenso como el WASABI y nos deja su sabor en la boca por un largo tiempo.

 

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